Gonzalo Vargas
Aguacate bajo presión ante un Niño inminente
Chile
Hay fenómenos que no admiten tibiezas. El Niño es uno de ellos. No es neutro, no es gradual, no es predecible en sus efectos más finos. Es, más bien, un punto de inflexión que reordena territorios, calendarios y certezas productivas. Y hoy, otra vez, está de regreso.
En Perú ya no es una proyección, es una realidad en marcha. Los ríos bajan llenos, las temperaturas han subido en todos los valles y la agricultura, esa que vive de equilibrios delicados, empieza a resentirse. La palta, por ejemplo, no espera. Se ha adelantado la materia seca, se cosecha rápido, casi con ansiedad. Hay fruta, sí, pero también hay miedo. Porque cuando El Niño se instala con fuerza en Perú, no trae solo agua, trae desorden.
Suben las temperaturas mínimas, las plantas dejan de inducir flor con normalidad, la fenología se desarma. Las floraciones se vuelven débiles, largas, erráticas. Aparecen plagas, enfermedades y, con las inundaciones, ese enemigo silencioso que es el hongo de la madera. El sistema entero se tensiona y el impacto no es de corto plazo, se arrastra por al menos dos temporadas.
Pero la historia cambia al cruzar la cordillera. En Chile, El Niño tiene otra cara. Aquí puede ser sinónimo de recuperación, de embalses que vuelven a llenarse, de suelos que se lavan, de cuencas que respiran. Después de años de sequía, su llegada se percibe casi como una promesa, especialmente en el norte chico, donde el agua ha sido un bien escaso y donde cada temporada se juega al límite.
Sin embargo, sería ingenuo caer en una visión simplista. El Niño no es un salvador automático, también puede ser un problema si llega mal y en el momento equivocado.
Si se instala tarde, por ejemplo, puede desordenar completamente la primavera. Las lluvias en plena floración afectan a los frutales de hoja caduca, reducen su calidad productiva y alteran procesos clave como la inducción floral. Si el otoño e invierno se vuelven demasiado cálidos, como ya se anticipa, el frío necesario para una buena floración simplemente no llega, y sin frío no hay estructura productiva sólida.
Ahí es donde la agronomía deja de ser técnica y pasa a ser estrategia. El desafío en Chile no es solo recibir el agua, sino saber administrarla biológica y productivamente, controlar el vigor, reducir el uso de nitrógeno en momentos críticos, privilegiar fósforo y potasio, inducir correctamente la maduración de brotes. Son decisiones que, en un año normal, pueden ser ajustes finos, en un año Niño son determinantes.
Y hay otro factor que no se puede ignorar, el riesgo físico. Si las lluvias son intensas, y algunos ya hablan de un evento histórico, incluso comparable al de 1997, los daños pueden ser severos, saturación de suelos, asfixia radicular, proliferación de fitóftora, cerros que literalmente “lloran” agua durante meses. La infraestructura predial, desde caminos hasta drenajes, pasa a ser una línea de defensa clave.
En paralelo, el mercado también se mueve. Si Perú adelanta su cosecha, como ya está ocurriendo, y eventualmente la acorta producto del fenómeno, Chile podría encontrarse con una ventana comercial más favorable, menos solapamiento, mercados más despejados, mejores precios en Europa. Una oportunidad que el año pasado no existió, cuando la coincidencia de oferta presionó los valores a la baja.
Pero incluso esa oportunidad viene con matices. La fruta peruana bajo lluvia suele llegar con problemas de condición, más pudriciones, más incertidumbre en destino. Y lo mismo podría ocurrir con la fruta chilena, especialmente en zonas costeras o más lluviosas, donde cosechar puede volverse simplemente inviable durante semanas.
Entonces, ¿es El Niño una amenaza o una oportunidad? La respuesta incómoda es que es ambas cosas. Y que dependerá, más que del fenómeno en sí, de la capacidad de adaptación de cada sistema productivo.
Perú enfrenta un escenario complejo, con efectos directos sobre su productividad y su calendario. Chile, en cambio, se mueve en una zona gris, puede beneficiarse, pero también puede equivocarse, puede recuperar agua, pero perder eficiencia, puede ganar mercado, pero comprometer calidad. En ese equilibrio frágil se juega la temporada.
Porque al final, más allá de los pronósticos y las etiquetas, incluso esas que hablan de un “Niño Godzilla”, lo que realmente importa no es la magnitud del fenómeno, sino qué tan preparados estamos para enfrentarlo.
